Este fin de semana comienza la Fórmula 1, y además de la emoción propia de la competición, lo hace rodeada de polémica.
En los últimos días ha habido varias cuestiones que han ocasionado enfrentamientos. Desde el proyecto para reducir los multimillonarios presupuestos de los equipos, a la decisión de cambiar el sistema para decidir el campeón –el que tuviese más victorias.
Sobre esta última decisión, las escuderías se ampararon en el reglamento para impedirlo, ya que no se pueden hacer cambios en los veinte días anteriores al inicio del campeonato, salvo que se apruebe por unanimidad.
Y la última disputa viene a cuento de los polémicos difusores que montan algunos equipos, sobre los cuales la FIA ha dicho que no son ilegales, con lo cual posiblemente se produzca una apelación por parte de las escuderías que no cuentan con ellos.
Todas estas batallas se ven enmarcadas en medio de una guerra que tiene principalmente intereses económicos. En medio de la crisis en la que estamos, muchos patrocinadores han retirado su apoyo, o han reducido enormemente su aportación al Gran Circo.
Además, existe ya desde hace tiempo cierta tensión entre la federación internacional, la FIA, y la asociación de equipos de Fórmula 1, la FOTA.
En esta batalla, Ecclestone parece conocer bien dos refranes españoles: “La unión hace la fuerza”, y “divide y vencerás”.
La estrategia militar también proporciona buenos ejemplos sobre cómo acometer una batalla, dependiendo del enemigo, del objetivo que se pretenda conseguir, de la situación relativa de cada uno.
Este tema es tratado por Ries y Trout en Marketing de Guerra, o por el tradicional libro chino de Sun Tsu, El arte de la guerra.
En estos libros aprendemos cosas tan útiles en el mundo empresarial (y en del deporte) como las siguientes:
Si quieres estar seguro de ganar, ataca a tu enemigo en un lugar que no defienda.
Antes de atacar, debemos estimar la fortaleza del enemigo, y los posibles apoyos que pueda tener.
Identificaremos una debilidad en la posición del enemigo, y atacaremos por ahí. El ataque debe ser lo más concentrado posible, y rápido, por sorpresa (la famosa blitzkrieg alemana).
En el mundo empresarial, y aplicando estas estrategias “militares”, caben varias opciones:
El ataque frontal, que puede ser adecuado si el atacante posee una superioridad clara sobre la competencia, los productos están poco diferenciados, y hay poca fidelidad de marca. La Historia militar nos enseña que este tipo de ataques deben ser utilizados con cuidado, pues en muchas ocasiones ejércitos más numerosos y equipados han perdido batallas frontales por no contar con la ventaja de campo (atacando una colina, por ejemplo).
Si no se es el líder del mercado (si no se tiene la posición más fuerte), quizás es más conveniente optar por una guerra lateral, atacando un área donde no se pueda producir una respuesta sencilla, por ejemplo, en la distribución del producto, en el formato…
Otra posibilidad, para empresas pequeñas, es actuar como las guerrillas. Éstas, al no poder competir con los líderes del mercado, tienen que buscar algún nicho en el que ofrecer su producto, y no actuar como un líder aunque se logre cierto éxito, estando preparados para buscar otro nicho en cualquier momento, pues el líder puede querer ocupar nuestro mercado, y como es más fuerte, echarnos.


