| Eficiencia, eficacia y efectividad (II) |
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| escrito por Pablo Rodríguez | |||||||
| jueves, 17 de diciembre de 2009 | |||||||
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Los parámetros analizados en el post anterior pueden ser estudiados en relación a la estructura organizativa de la empresa. Según el puesto y la función desempeñada, ¿qué aspectos se suelen potenciar? ¿Podría hacerse de otra manera?
Las organizaciones suelen tener una estructura jerárquica, con diversas interrelaciones entre departamentos, y una serie de procesos definidos, habitualmente por escrito. Esto, aunque parece lo normal, no siempre es la panacea, como ya comenté en procesos y resultados.
Pensando en general, la mayoría de las personas estaríamos de acuerdo en que las empresas intentan –o deberían hacerlo- ser eficaces (alcanzar sus metas), eficientes (utilizando adecuadamente sus recursos) y efectivas (los objetivos alcanzados tienen sentido, aportan un valor).
Sin embargo, la práctica diaria difiere mucho de esto. Sin tener que irnos a la situación extrema de muchas empresas en la actualidad, que se han convertido en auténticos zombis, la realidad es que en muchos casos, debido a un excesiva división de las tareas, al poco trabajo en equipo y a la escasa participación de todos los trabajadores, los objetivos de eficacia, eficiencia y efectividad no son buscados en conjunto.
En relación con la organización de la empresa, en muchas ocasiones la base de la pirámide organizativa está fundamentalmente preocupada por la eficiencia, es decir, por optimizar los recursos de que dispone para hacer sus tareas, las cuales le son definidas por una instancia superior.
Los mandos intermedios se encargarían de que el trabajo sea eficaz, es decir, que se alcancen los objetivos que se plantean, coordinando para ello a los trabajadores de base.
La alta dirección sería la que asumiría la función de conseguir la efectividad, es decir, debe conseguir que los objetivos que se fijan y se alcanzan sean útiles y aporten valor a la organización.
Por introducir un sencillo ejemplo, supongamos una embarcación de remo (que no tiene que ver con la del clásico chiste). La tripulación de base se encarga de remar lo mejor que puede, dados los recursos con los que cuenta.
A los mandos intermedios se les encomienda conseguir unos objetivos (quedar en X puesto en la competición, por ejemplo), para lo cual organizan adecuadamente los turnos de los remeros, el ritmo, el material empleado, etcétera.
Por último, la alta dirección sería el timonel, que debe guiar adecuadamente la embarcación, en la dirección adecuada (¿de qué serviría que los remeros fueran muy rápido, si la embarcación va hacia el otro lado?)
Aunque esta división según la estructura jerárquica es bastante habitual, no quiere decir que sea la idónea. Como ya he comentado en otras ocasiones, la excesiva división del trabajo parece más propia de la Revolución Industrial que de la era del conocimiento en que vivimos, y contar en la organización con más líderes y personas con visión global puede suponer un valor muy considerable.
Para la empresa sería deseable, como mínimo, que los trabajadores no sólo se ocupen de la eficiencia (optimizar recursos), sino también de la eficacia (conseguir unos objetivos), y que los mandos intermedios se impliquen no sólo en alcanzar las metas (eficacia), sino en definir éstas de manera que tengan sentido y aporten un verdadero valor (efectividad).
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