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Endiosamiento

Este fin de semana El País publicó un interesante artículo sobre la corrupción que genera el poder y el modo en el que muchos directivos pierden la perspectiva de lo que debería ser su función profesional.

Comienza preguntándose cómo puede haber casos como el del archiconocido Bernard Madoff, que habiendo llegado a ser Presidente del Nasdaq (Bolsa de valores electrónica automatizada especializada en empresas tecnológicas, y que tiene más volumen de intercambio por hora que cualquier otra bolsa de valores en el mundo), urdió el mayor fraude financiero de la historia –por el momento- cifrado en unos 50.000 millones de dólares.

El psicólogo Iñaki Piñuel explica que el caso Madoff representa la punta del iceberg de algo muy extendido en el ámbito directivo: la corrupción del alma, “personas que se traicionan a sí misma y a su conciencia, pues en última instancia todos los seres humanos sabemos cuándo estamos haciendo lo correcto y cuándo no”.

Además de los casos de estos grandes directivos tipo Madoff, o Gordon Gekko, el protagonista de la película Wall Street encarnado estupendamente por Michael Douglas, tenemos en las empresas a multitud de estos diosecillos que parecen estar un escalón por encima de los demás, pero a todos los efectos.

Para alcanzar un puesto de dirección en una empresa, se necesitan en mayor o menor grado uno o varios de los siguientes elementos: formación, experiencia, trabajo, inteligencia -no sólo coeficiente intelectual, sino también emocional y creativa; véase el excelente artículo de Alberto Barbero al respecto- contactos y un poco de suerte.

Ojo, con ésta última no quiero decir que dependa del azar que alcancemos una posición elevada en el organigrama, pero sí que al final hay que lograr estar en el momento preciso en el lugar adecuado, y toparse con las personas idóneas que interpreten que somos el mejor candidato que tiene para ese puesto en esas circunstancias. Indudablemente, hay que sembrar para conseguir una cosecha, pero no siempre es fácil alcanzarla.

En muchas ocasiones, las personas que consiguen alcanzar una alta posición en el organigrama olvidan que ellos también han pasado por abajo, o quizás no lo han hecho nunca (recuerdo algún ejemplo en el que la persona entró por recomendación directamente como jefe de departamento, pero sin experiencia laboral alguna).

En cualquiera de estas circunstancias, el directivo llega a comportarse como la antigua nobleza, es un intocable, todo lo que él opina está bien, y los demás son sus vasallos.

Esto es, sin ningún lugar a dudas, un grave error. El endiosamiento al que llegan algunos provoca resentimientos y malestar dentro de su equipo, y finalmente incluso les disgusta a ellos mismos, ya que ven que las cosas no funcionan como deberían, o que tienen que hacer grandes esfuerzos para empujar a la gente a que le obedezcan, o conseguirlo mediante el miedo.

Como recuerda Antonio Garrigues, presidente del bufete de abogados del mismo nombre, “para no caer en las garras del poder es necesario gozar de autoridad moral, es decir, de liderar a través de tu propio ejemplo”.

Por ello, para ser un buen líder y no un diosecillo, hay que actuar con ética y humildad (sí, sí, humildad), tener empatía y ser íntegro, dar ejemplo. Y no olvidarnos que los demás son personas, que están dispuestas a darnos lo mejor de sí mismas si nos los ganamos.

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