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Motivación y deseo

Estos días he dedicado varios artículos a la motivación, quizás porque la época que nos toca vivir, repleta de noticias negativas, obliga un poco a rebuscar cómo motivarnos a nosotros mismos y a los demás.

Existe un intenso debate -que se lo pregunten al amigo Yoriento- acerca de qué es lo que nos motiva y si la motivación proviene del interior del individuo o no. En este sentido estoy bastante de acuerdo con la teoría enunciada por Frederick Herzberg en un artículo de la Harvard Business Review, y que he comentado en esta página.

En general, los factores conectados con la satisfacción y por lo tanto con la motivación, serían aquéllos relacionados con el reconocimiento del logro, el trabajo en sí, la responsabilidad y el crecimiento o progreso.

Quizás no se pueda aplicar estrictamente la distinción entre motivación externa o interna, ya que también son aspectos que pueden ser favorecidos o no por las políticas de la empresa, pero tienen que ver con el individuo, cómo se siente en relación a su trabajo y a su aportación a la empresa, y con su desarrollo.

En relación a esto, la pregunta sería: ¿cómo conseguimos que la persona se sienta implicada, alinee sus intereses con los de la empresa, y haga con gusto su trabajo?

He descubierto una frase de Dale Carnegie, pionero de la autoayuda, y autor del libro Cómo ganar amigos e influenciar a la gente, que me ha llamado la atención:

“La diplomacia es el arte de conseguir que los demás hagan con gusto lo que uno desea que hagan”.

¿Hay una mejor manera de lograr que las personas estén motivadas? Si se consigue esta alineación entre los intereses de la empresa y las de los empleados, se habrá avanzado mucho.

En estilos clásicos de dirección, esto se consigue con métodos basados en el palo y la zanahoria, si lo haces bien te premio, y si lo haces mal te castigo. Pero esto no tiene que ver con la satisfacción en el trabajo, con la motivación por hacer las cosas.

Esto es fácil de ver si pensamos en un hobby que tengamos, en algo que nos apasione. ¿A que se nos pasan las horas volando, y no hace falta que nos obliguen a hacerlo? Si es que casi pagaríamos nosotros, en vez de cobrar.

Algunos emprendedores de éxito relatan que han sido capaces de llevar adelante su proyecto porque han aunado su pasión con su trabajo, de manera que le dedicaban todo el tiempo y todos los esfuerzos que hiciesen falta.

¿Se puede conseguir esto para los trabajadores de una empresa?

En ocasiones escucho el programa Atrévete, de Cadena Dial, dirigido por Javier Cárdenas. También suelo ver El Hormiguero, de Pablo Motos. En ambos casos, dan la impresión de pasárselo bien en el trabajo, de disfrutar haciéndolo. ¿No sería fantástico conseguir esto?

Y sin embargo, una buena parte de los empresarios se esfuerzan en que los empleados perciban el trabajo como algo negativo, en multitud de aspectos: sueldo, horarios, autonomía, reconocimiento…

Para finalizar, recordar un episodio de Tom Sawyer, del estupendo escritor Mark Twain. En él, Tom es castigado a pintar una larga valla, pero hace ver a sus amigos que está haciendo una tarea divertida. Al final, terminan suplicándole y pagándole para que les deje hacerlo a ellos. Tal y como decía Carnegie.

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