Comentaba el otro día la posibilidad sugerida por el Director de la London School of Economics de volver al campo como una alternativa factible, con determinadas condiciones.
En esta línea, en Gijón van a alquilar -siguiendo el ejemplo inglés- por un módico precio (quince euros anuales) noventa y seis huertos para que personas jubiladas puedan ocupar un poco su tiempo, y tengan un complemento a su pensión.
Dispondrán de cincuenta metros cuadrados, con una taquilla para guardar los aperos, boca de riego… En cualquier caso, una iniciativa interesante.
La definición o el apoyo de un modelo productivo –tarea en la que está inmerso, según dice, Zapatero, y que Rajoy se toma un poco a cachondeo- no es tarea fácil, pero además de recursos, también es cuestión de aplicar sentido común.
Xosé Luis Barreiro Rivas, que fue durante varios años vicepresidente de la Xunta de Galicia, lo explicaba bien el otro día en La Voz de Galicia. Hay un gran debate en Galicia acerca del sector lácteo, uno de sus pilares económicos, intensificado a raíz del Expediente de Regulación de Empleo en la factoría de Leche Pascual. Además, parte de la leche se importa desde Francia, siendo este país acusado de dumping (o venta por debajo de coste).
Barreiro compara la situación del sector con la de otros sectores como el de los huevos, la carne o el pescado, en los que Galicia no sólo es competitiva, sino que es puntera en el mercado (casos de la cooperativa orensana Coren, o de Pescanova, por ejemplo).
Por lo tanto, no se trata tanto de promocionar un sector productivo cualquiera, ni siquiera uno que ya exista pero que no sea competitivo. Pero con un poco sentido común –que es el menos común de los sentidos, como decía un profesor mío-, se puede dilucidar razonablemente por qué sectores se puede apostar.
Invertir y apostar por un sector productivo no quiere decir planificar la economía al estilo de la antigua Unión Soviética, como insinúan algunos. Una cosa es el libre mercado y otra muy distinta no poder apoyar desde el Gobierno el I+D+i, la formación, el acceso a las nuevas tecnologías, etcétera. Hay muchas áreas en las que se puede y se debe mejorar.
Un último apunte en este sentido. En la sección de negocios de El País nos cuentan cómo el pequeño estado de Israel, con una superficie y una población algo inferiores a Cataluña, se ha convertido en una pequeña Silicon Valley, con centros de I+D de Microsoft, IBM, Intel o Motorola instalados allí, y miles de empresas tecnológicas.
Alguno podrá pensar que Israel se beneficia de su buena relación con Estados Unidos y de la influencia de los judíos por el mundo. Sin duda. Pero también es un hecho que es el país con mayor gasto en I+D del mundo, un 4,5% del PIB, cuando España no llega al 1,3%.
De esta manera, se ha convertido en un país exportador de productos con un alto componente tecnológico, con un gran valor añadido, desde agrotecnología a equipamiento médico, pasando por productos de electrónica o software.
Por ejemplo, la compañía Mirabilis creó ICQ, precursor del chat, que posteriormente fue comprado por AOL por casi trescientos millones de dólares. Por cierto, este programa fue la inspiración del Messenger de Microsoft.
Tal y como señala el director de la cámara de comercio de España-Israel, Gil Cedrón, “[…] en España falta coordinación. No tiene sentido dispersar los escasos fondos de I+D+i en decenas de sectores. Es mejor focalizar y apostar por sectores estratégicos.”
Pues eso.


