Desde hace unos meses (la caída de Lehman Brothers fue en septiembre de 2008), se produce un intenso debate acerca de la conveniencia o no de mantener a los bancos zombis con vida.
Se suele llamar Bancos zombis a aquellos que tienen enormes pérdidas, superiores a sus recursos propios en algunos casos, y que por lo tanto son insolventes y están técnicamente en quiebra. Debido a esta situación, no realizan su función principal, que sería la de dar crédito, y las sucesivas inyecciones de dinero sólo sirven en muchos casos para que no se terminen de “morir”.
José Manuel González Páramo, consejero del Banco Central Europeo, declaraba a este respecto en una entrevista publicada el domingo pasado en La Voz de Galicia que “a nadie sensato se le ocurriría mantener artificialmente con vida a un banco quebrado”.
Sin embargo diversas actuaciones a lo largo y ancho del planeta contradicen a este consejero, en especial, en Estados Unidos, donde se han inyectado cientos de miles de millones de dólares para salvar a varios grandes bancos.
El argumento para esto lo proporciona el cataclismo generado tras la caída de Lehman, por lo que algunos economistas argumentan que estas inyecciones de capital son un mal menor, comparado con el que se ocasionaría si no se hiciesen.
En cuanto a las empresas, es otro cantar. Sólo algunos grandes lobbys, como el sector automovilístico han conseguido un apoyo más o menos claro por parte de los Gobiernos (en Estados Unidos, Francia, Alemania, Japón…).
Sin embargo, el problema que existe en la actualidad ya no son sólo las grandes corporaciones, con sus grandes estructuras y sus grandes deudas.
Las dificultades también las sufren y en mayor medida, si cabe, las pequeñas y medianas empresas, que han visto cómo su financiación se reduce, sus ventas merman y tienen muchos problemas a la hora de cobrar.
De esta manera, a día de hoy e inmersos de lleno en la crisis, la actividad administrativa de muchas empresas está únicamente enfocada al corto plazo, y centrada de manera prácticamente exclusiva en el apartado de cobros y pagos, perdiéndose infinidad de horas en este tipo de tareas y en la elaboración de informes y previsiones para entidades financieras, administradores, proveedores, etcétera.
Es decir, que multitud de empresas desperdician gran cantidad de recursos en labores que en otras circunstancias no les harían perder mucho tiempo, que podría ser dedicado a otras tareas más productivas y de desarrollo del negocio.
Además, la propia situación financiera de las empresas pende literalmente de un hilo. En estos momentos muchas pymes tienen descontado enormes cantidades de papel, que en muchos casos está siendo devuelto a su vencimiento (generando, además de los gastos, más trabajo improductivo), y en otras muchas ocasiones está siendo renovado o renegociado a más largo plazo, con lo cual se está aplazando el problema, pero en un momento dado estalla y se lleva por delante a una empresa y a multitud de proveedores en cascada.
Por lo tanto, en cuanto a la productividad y en relación a la situación financiera, muchas pymes están en estado zombi.



[...] y sus efectos se trasladan en muchas ocasiones a la vida personal. Como comentaba en un artículo anterior, la actividad de muchas empresas está focalizada en una gran cantidad de tareas que no [...]