Decía Aristóteles, y de ello hace más de dos mil años, que la virtud está en el término medio, entendiendo éste no en el sentido de la mediocridad, sino como un equilibrio entre los extremos, aplicable según las circunstancias de cada caso. A modo de ejemplo, el valor sería el punto medio entre el miedo y la temeridad.
En economía esta enseñanza puede ser particularmente interesante, debido a las diferencias que existen entre el nivel microeconómico y el macroeconómico. La microeconomía se ocupa del estudio del comportamiento de las unidades económicas, es decir, de las personas, de las familias, de las empresas…
La macroeconomía analiza la economía a nivel agregado: oferta, demanda, producción, inflación, desempleo, etcétera, en el ámbito de un país, una región, un sector, etcétera.
Sin embargo, siendo teóricamente la macroeconomía la suma de las microeconomías que la componen, se produce desde mi punto de vista una confusión en este sentido, ya que se tiende a pensar que lo que es bueno a nivel macroeconómico lo será también en la macroeconomía, pero llevado al extremo no tiene por qué ser así.
Lo explicaba ya en la falacia de la composición, con este ejemplo: si un agricultor tiene una gran cosecha, venderá más y tendrá más ingresos. Sin embargo, si todos tienen una gran cosecha, los precios de ese producto bajarán, al haber mayor oferta, y quizás los ingresos individuales de cada uno no aumenten.
De esta misma manera, vivimos en la actualidad con la paradoja de la frugalidad. Mientras que en general es bueno que la gente ahorre, como debido a la crisis todo el mundo está ahorrando al máximo -la tasa de ahorro en España pasó de rondar el 10% al 24% en apenas un año-, el consumo baja, la producción de las empresas cae, y aumenta el desempleo, con lo cual se produce un empobrecimiento global debido a ese ahorro excesivo a nivel macroeconómico.
Otro ejemplo lo tenemos, como comenta el premio Nobel de Economía Paul Krugman, con la paradoja del desapalancamiento. Decíamos que todo el mundo estaba demasiado endeudado, y eso no era bueno. Sin embargo, si todos deciden cambiar esa situación y bajar su deuda al mismo tiempo, poniendo para ello a la venta sus activos, el resultado será una bajada de los precios de éstos y un empobrecimiento general.
También lo podemos analizar desde el punto de vista de los salarios. El ejemplo nos lo proporciona el reciente acuerdo de congelación de salarios en la fábrica de Seat de Barcelona. El convenio firmado estuvo bien, y permitió mantener el empleo para sus trabajadores, con un coste bajo para ellos (congelación salarial, pero en un contexto de inflación o subida de precios casi nula).
Es decir, a nivel microeconómico, de esa empresa, fue bueno.Sin embargo, ¿qué pasaría si esto se generalizase? Es decir, ¿qué sucedería si se produjese un recorte general de los sueldos e incluso esta situación fuese sostenida en el tiempo (es decir, que se espere que sigan bajando en el futuro)?
La respuesta nos la dio Keynes hace más de 70 años: “Las consecuencias de esperar que los salarios vayan a reducirse un 2% durante el próximo año son aproximadamente las mismas que tendría un aumento del 2% en la cantidad de intereses a pagar durante el mismo período”.
Y la explicación de Keynes no sólo es teórica, sino que la vivió Japón durante su Década Pérdida, en los años noventa; mientras los salarios descendían una media del 1%, la economía seguía estancada.
El último ejemplo que comentaré es uno de los que nos ha llevado a la situación en la que estamos. Se dice que el sistema capitalista es el que mejor asigna los recursos, y esto puede ser cierto, pero ya el considerado padre del mismo, Adam Smith, indicaba que es el egoísmo individual el que lleva a ese bienestar social.
Es famosa su frase: “No esperemos obtener nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino del cuidado que ellos tienen de su propio interés. No recurramos a su humanidad, sino a su egoísmo, y jamás hablemos de nuestras necesidades, sino de las ventajas que ellos obtendrán”.
Sin embargo, la ambición desmedida y el egoísmo sin límites, sumados a la ausencia de regulación, nos han traído una crisis de la que tardaremos tiempo en salir.
Por todo esto, insisto en que las generalizaciones y los extremos no son buenos, y como decía Aristóteles, mejor buscar el punto medio, donde está la virtud.


