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Mario Conde y las apariencias de banqueros y políticos

El sábado entrevistaron a Mario Conde en el programa La noria, de Telecinco. El personaje que logró subir a la altura de los banqueros, y cayó después a los infiernos, dijo algunas cosas que cuando menos nos hacen reflexionar.

Mario Conde es una persona que tuvo una brillante carrera: licenciado en derecho con sobresaliente en la Universidad de Deusto, nº 1 en las oposiciones a Abogado del Estado…, su amistad con Juan Abelló le introdujo en el mundo de los negocios, y con la venta del laboratorio familiar se embolsó una buena comisión. Ambos invirtieron sus ganancias en la compra de otro laboratorio, Antibióticos, S.A., y consiguieron triplicar su facturación en poco tiempo, vendiéndosela posteriormente a Montedison, con grandes beneficios para ellos. 

Con el dinero ganado, entró como accionista en Banesto, y como uno de los dos mayores accionistas individuales, consigue una vicepresidencia, sustituyendo a finales de 1987 a López de Letona en la presidencia del Banco. 

Hasta aquí, la historia del Mario Conde triunfador, ídolo a imitar. Con 39 años logró ascender a lo más alto de uno de los grandes bancos, partiendo de la nada.

Es posible que en el camino tuviera que hacer algún chanchullo, a los que somos tan dados en España, pero hasta ahí su carrera parece muy brillante. 

Su ascenso produjo una gran revolución en la Banca española. Las grandes estirpes de banqueros veían como se colaba un “intruso”, que no procedía del sector ni pertenecía a ninguna familia, y esto no fue bien visto. 

Como responsable financiero tengo relación con diversas entidades, aunque realmente trato con “bancarios”, no con banqueros. Es decir, trato con directores de sucursal, de zona, o territoriales, pero no con banqueros (es decir, Botín y compañía, que serían los banqueros de verdad). 

Sin embargo, parece que todos los bancarios están cortados por el mismo patrón. A veces veo por la calle a alguien que no conozco, con aspecto de bancario, y ¡efectivamente!, lo es, se les nota, quizás porque pertenecen, o ellos lo creen así, a otra estirpe. 

Lo mismo parece que sucede ahora con los políticos, según se deriva del escándalo en el que puede estar implicado el presidente valenciano con los trajes presuntamente regalados, parece que lo de la ropa es un signo de distinción muy importante.

En  un sistema basado en la confianza, la mujer del César, además de honrada debe parecerlo, así que las apariencias son fundamentales. 

Siguiendo con la historia de Mario Conde, además del agujero que pudo hacer en Banesto (él se preguntaba por qué ahora no se intervenía ninguna entidad, y a él sí), se creó una serie de enemistades, tanto en el mundo bancario (lo veían como a alguien ajeno), como en la política, ya que en aquella época se rumoreaba sobre su posible participación en un partido político (cosa que desmintió). De hecho, afirmó que la comisión de investigación fue promovida por Aznar. 

Y claro, teniendo como enemigos a dos de los poderes fácticos de este país, no podía ir mucho más lejos. Con lo cual cabe la duda de si se hubiese producido la intervención en el caso de que siguiese López de Letona al frente de Banesto, por ejemplo. 

Pasados estos años en la cárcel, a Mario Conde se le veía bastante más viejo (normal), un poco cansado, y quizás con una fluidez de palabra un poco menor de lo que cabría esperar (quizás la estancia en prisión, así como la muerte de su mujer, hicieran mella). 

Como anécdota, comentó que ahora se dedicaba a administrar los “restos” del patrimonio familiar, y ante la pregunta de una señora, afirmó que llevaba cuatro o cinco mil euros en el bolsillo. Por si acaso.

No sé si eso es normal o significa que no confía mucho en las tarjetas de crédito. En cualquier caso, ahí le concedí un punto a su favor, porque por lo menos en eso fue sincero.

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1 comentario en Mario Conde y las apariencias de banqueros y políticos

  • Sergio Farras

    Mario Conde, de astuto banquero a monje arrepentido.

    El alma suele limpiarse en el retiro y en la contemplación más solitaria y separada del cuerpo. En una estrecha y oscura celda para meditar, mientras el espíritu puede subir a alturas inimaginables.

    El señor Mario Conde, que fue icono de algunos yuppies atontados de los noventa, se nos presenta ahora un tanto arcano y medio místico. De corte misántropo y de introversión afligida, limpiando su conciencia entre el arrepentimiento y el remordimiento que da la penitencia. Desguarnecido ya del poder que ostentó fastuoso. Y ahora desnudo de ambición y acogiéndose a la honorable llama que alumbra el arrepentimiento. Total, seiscientos mil millones de las antiguas pesetas no es para tanto. Ni tampoco para tomárselo como algo personal. Solo es dinero, vil metal, míseras monedas que cabrían en un cesto de sencillo mimbre, sin asa por donde poder cogerlo.

    El señor Conde, que ya hace algún tiempo que disfruta de su libertad de una condena cumplida. Vivió unos años entre callados muros carcelarios -ese fue su patíbulo-. Y tomado las debidas precauciones purgó su pena en un tálamo, sólo y desorientado. Y se ve -según nos cuenta desde su sencilla vida actual, ya no como necio, quizás ya como sabio- como descubrió la virtud que da la filosofía y el estoicismo de la soledad. Más de destierro obligado que de voluntaria clausura impuesta. Lo que sorprende, porque esto de filosofar no da dinero y tampoco es exorcio de banqueros y astutos mercaderes de almas de bronce.

    Cuando juicio… Ahora, Mario Conde ya no tiene ese porte de galán y conquistador de irresistible y encantadora aura de flecos imantados, ni tampoco la fiera mirada del Dragón de Cómodo, ni el sarcasmo de Grouxo March. Más bien su mirada es triste y melancólica. De un mirar hacia atrás para entender su actual y simple brevedad de su tiempo presente. Que ahora es de recuerdo como forma actual de su particular derrotero.

    Su condena fue ejemplar, en su momento, de una justicia que no le consintió la burla y la chirigota. Cometiendo la imprudencia de ofender al juez. Riéndose y haciendo sátira como si la justicia fuera sólo un festín para los ricos. Pues el delito no corre más peligro que contra quien lo practica. Y las diligencias van más ligeras cuando uno traspasa la línea de la roca donde se construye para acabar haciendo sombra triste y mustia a la luz de un candelabro.

    Don Mario fue un trabajador incansable, eso sí. Se levantaba con las del Alba, y sus neuronas ya estaban operativas cuando los demás mortales todavía dormíamos entre sueños de ceniza. Él no; él maquinaba desde su omnipotente despacho tretas y argucias, donde el banco era como su particular “Monopoly siendo él la banca y, los demás, simples fichas de sencillo e ingenuo parchís de toda la vida.

    Quizás su error más aberrante y disparate peor pensado fue cuando entró en tratos con aquel ambicioso y traidor avinagrado coronel del Cesid llamado Perote. Todos tenemos errores de esos que hacen mal o engordan. Hasta Descartes tuvo su error; el de separar el cuerpo de la mente con su tesis de que pensar es igual a ser, cuando se trata justamente de lo contrario. Lo malo es que hay errores demasiado hedonistas que no se pueden permitir. Pues el ego suele ser por antonomasia, el peor enemigo del hombre.

    Intentó chantajear al gobierno con información muy sensible que, probablemente, de ninguna de las maneras podría ver el sol. Como la rosa negra, de esas que pueden vomitar azufre sobre el estado. Intentando hacer uso del informe “Criollo” como presunta “arma” para invalidar la intervención de Banesto. Como si tuviera en su poder la “caja de pandora”, creyendo así que del aquelarre saldría inherente y que los truenos no le alcanzarían.

    Los años suelen sacar la verdad más pintoresca y engañosa. Ya lejos queda su etapa de brillante estudiante en Deusto donde hizo fama, historia y leyenda comerciando con sus apuntes a otros estudiantes menos aplicados y probablemente más cafres.
    Vendiendo antibióticos al por mayor – o sea, todos- fue su primer logro más sonado, especulativo y mercantil. Con el dinero ganado compraron un gran trozo de la tarta de Banesto. A los 39 años ya era presidente del banco y todos los españoles aprendimos que una OPA no era un derivado de hidrocarburos. Intentó fusiones y tratos con el viejo lobo de la banca más clásica y tradicional de la época; Alfonso Escámez. Pero éste, probablemente, lo debió de ver venir y no se fió de pelos engominados ni trajes de talle hechos a molde y de medida.

    Don Mario, a cada paso que daba le salían bastante bien las cosas. Y todos juntitos con los Albertos, las hermanas Koplowitz, y el “travieso” De la Rosa; aquél señor que se compró un parque de atracciones para él sólo. Fueron todos moda en el papel couché más deseado de los noventa. Una bacanal de delirios llevó a la “Jet Set” y demás vividores de aquellos años a embriagarse y arrimarse como sombras de esponjas de cuerpos opacos. Y sobre tanto festín del dinero fácil y de pelotazos desmedidos. Viendo como la codicia era prima de la avaricia, y sin sentir más culpa que aquél mercader de Venecia que vendió su vida por una libra de su carne.

    Su guiño a la política fue discreto, como algo nómada y de refilón. No convenciendo, probablemente, a los conservadores más escépticos. Pues debieron ver que con las cosas de comer no se juega y las manos contra más limpias, mejor, que luego van al pan.

    Todo esto, aparentemente, estaba muy bien y muy de moda. Pero un frío día del mes de diciembre, antes de Navidad, el Banco de España actuó como el verdugo, aplicando el “garrote vil” de la intervención más sonada con clarines de enjuiciadores togados. La espada de la justicia cayó con todo su peso, a plomo, sobre el astuto financiero, haciendo preso a el banquero de pelo engominado y repeinado. Qué, trémulo sobre su trono, acabó perdiendo todo lo ganado y su carrera convertida en un triste sollozo. Despidiéndose así; con un llanto de lástima y grima de la ebriedad mal entendida que puede dar el codicioso poder. Al final el trono desde donde regía se vio que era de blanda arcilla y no de sólido mármol, como suelen ser los de verdad. Quizás, de un barro mugriento y abyecto idéntico a sí mismo.

    Por la sed de la codicia acuden muchos a beber de su fontana, para embriagarse hasta enajenarse. Y con el calor que da la avaricia se fundieron los egos más ególatras. Eran tiempos donde manaban las monedas en frescos borbotones, de una hemorragia y borrachera a costa de las alforjas del equipaje de los clientes y accionistas del propio banco. Y que parecía que salía el dinero por el torrente del río de la opulencia. Acuchillada la humildad, despreciada la virtud de la modestia, pensando que la abundancia era Jauja para encerarse toda la vida. Desconociendo el ciudadano que la cosa tenía truco de prestidigitadores de manos sospechosas de algo. Y falsa fachada de papel mojado que acabó siendo fundida por el calor de la verdad.

    Probablemente Don Mario anduvo tanto que se paso de largo. Pensando, como aquél, que nunca le puede alcanzar la justicia. Siendo sus risas y desprecio a la justicia su sepelio como banquero y empresario. Pues si en otros con verdades más referentes de sendas imposibles se deben a los griegos, estos que especularon con conciencia cruenta pagaron con los pensamientos solitarios en umbríos aposentos. Para que pudieran reflexionar y se dieran cuenta de su necedad de avaricia, dejándolos ciegos en su codicia.

    Es virtud suave el dinero. Y el poder cruel enfermedad que puede descomponer el alma. Y, podrido de dinero hasta el tuétano, tampoco se ve que se alcanza la felicidad más platónica. Aquella que se anhela y que sólo es ficticia y adulterada por la irrealidad de los sueños de la usura y la avaricia.

    En el principio fue el ser, posteriormente el pensar; somos, luego pensamos. Ese fue el error de Descartes. El de Mario Conde, que lo cuente él algún día.

    Sergio Farras, escritor tremendista.

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