La crisis ha traído consigo grandes tensiones en el mercado de trabajo. Como en cualquier mercado, esto produce variaciones en los precios, y ello es algo que conocen ambas partes, tanto los trabajadores como las empresas.

Por la parte de los trabajadores, podríamos distinguir claramente entre los que están sin trabajo y los que actualmente tienen un empleo. Tal y como comentó ayer Senior Manager, hay posiblemente un componente cultural que identifica la situación de desempleo con el fracaso.
Esto, unido a la propia complicación económica que supone quedarse en paro, motiva a los trabajadores a “bajar el listón” de sus pretensiones salariales, aceptando empleos con un sueldo inferior al que venían percibiendo o al que correspondería a su categoría, conocimientos, experiencia…
Pero incluso los que están trabajando tienen en muchos casos unas expectativas inferiores en cuanto al sueldo en caso de cambiar de empresa.
Los empresarios conocen esto, y muchos aprovechan la coyuntura para reducir los salarios que ofrecen a la hora de cubrir las vacantes. Voy a contar un caso de los que a mí me gustan, “basado en hechos reales”.
Empresario que fundó su empresa hace unos cuantos años, y con esfuerzo fue creciendo y abriéndose un hueco en el mercado. A medida que aumentaba su participación en el mismo, iba incrementándose el número de trabajadores a sus órdenes, que pueden rondar entre treinta y cincuenta. Aunque hay algún mando intermedio, todos tienen claro que él es el jefe.
Como muchos otros, lo que más importa en relación al personal es el coste salarial, y como símbolo de modernidad utiliza la expresión “recursos humanos”, muy gráfica, ya que para él los humanos son recursos, igual que las máquinas, por ejemplo.
En la actualidad, por diversas circunstancias necesita incorporar a una persona con cierta cualificación y experiencia, como mando intermedio. Además de eso, los requisitos son lo normal: licenciado, deseable MBA, inglés hablado y escrito, disponibilidad para viajar…
Al puesto se presentan diversas personas, unos están trabajando y otros no. El empresario va entrevistando a los posibles candidatos, conociendo esta circunstancia.
Por lo tanto, a los que están desempleados les vende el favor que les haría si les contratara, mientras que a los que están trabajando –como supone que si quieren cambiar será porque tienen algún motivo- les recuerda cómo está el tema de la crisis, y que posiblemente se llegue a cinco o seis millones de parados en España.
El sueldo ofrecido se sitúa aproximadamente en la mitad de lo que sería normal para un puesto de estas características, estando por debajo del salario medio que se percibe en puestos de inferior cualificación. Eso sí, el empresario promete que a dos o tres años vista puede haber una promoción, si demuestra su valía.
Aunque parezca una oferta insuficiente, seguramente el empresario conseguirá cubrir la vacante a ese precio, ya que posiblemente encuentre a alguien que lo necesite y esté dispuesto a cobrar por debajo de lo que sería normal en esas circunstancias.
¿Qué sucederá después? O bien la persona seleccionada no cumple las expectativas y los requisitos que se había planteado el empresario (por decirlo de manera sencilla, ha recibido en proporción a lo que ha pagado), o bien sí que es capaz de hacerlo.
En ese caso, quizás aguante los dos o tres años esperando el prometido ascenso, que llegará o no. Probablemente tampoco llegue a dar todo lo que podría ofrecer, porque siente que le están pagando por debajo de lo que correspondería; como decía el otro día, habrá comprado su trabajo, pero no su corazón y su mente.
Y si el empresario no cumple con su palabra, el trabajador se acabará yendo. Pero no pasa nada -pensará el empleador-, ya encontraré a otro.
Finalizo el artículo como lo empecé, con un poco de humor, en este caso del escritor gallego Castelao.

- ¿Por qué no le das de comer al perro?
- Para lo que trabaja…
- Pues entonces… ¿por qué no lo matas?
- Para lo que come…


