|
Como todo el mundo sabe, Leopoldo Abadía se ha convertido en un gurú a raíz de sus explicaciones del origen de la crisis. Sus famosos ninjas (No Income, No Job and no Assets, es decir, sin ingresos, sin empleo y sin propiedades), popularizados primero a través de Internet y después desde el programa de Buenafuente, nos han ilustrado acerca de cómo surgió todo esto, y recientemente lo ha explicado en un libro en el que amplía sus comentarios para que todo el mundo lo entienda. Recientemente, he leído un artículo en el Magazine de El Mundo que añade algunos datos muy interesantes en relación con la actuación de varios de los protagonistas de la situación, el cual comentaré a lo largo de este artículo.
Hay un viejo chiste que está muy de moda en la actualidad, según el cual los economistas sólo saben explicar lo que ha pasado, pero son incapaces de predecir el futuro. Desde esta posición, muchos rechazan la consideración de la economía como una ciencia, al resultar demasiado impredecible. Como ya he comentado en alguna ocasión, la economía es una ciencia que ha progresado mucho en los últimos decenios; se pasó de analizar modelos de competencia perfecta a otros tipos de competencia, a tener en cuenta las expectativas, al estudio del comportamiento de los consumidores, a la consideración de los equilibrios con desempleo, a la comprensión de la influencia del monetarismo y de las política fiscales, al uso de modelos de predicción econométrica, etcétera. Sin embargo, es una ciencia social en la cual intervienen gran cantidad de variables conectadas entre sí, dando lugar a infinidad de combinaciones. Es bastante factible hacer estimaciones, la econometría ha avanzado mucho y existen diversas leyes económicas, pero queda siempre el factor humano, la posibilidad de errar, de comportarse atípicamente o incluso de aprovechar los fallos del sistema para lucrarse. En el artículo en cuestión se comenta cómo el intento de convertir la economía en una ciencia pura nos ha llevado al desastre, o casi. Todo surgió porque en el mundo de los seguros, se descubrió que cuando moría un cónyuge, el otro tenía una probabilidad mucho más alta de morir en poco tiempo, lo cual se denominó síndrome del corazón roto (como curiosidad, en el caso de las mujeres es el doble de probabilidades y en el caso de los hombres, seis veces más). En los años ochenta y noventa, muchos físicos y matemáticos fueron contratados por grandes entidades de Wall Street, para aplicar las matemáticas a la evaluación de los riesgos. En un principio el sistema fue bien, pero ya en 1998 un Hedge Fund o fondo de alto riesgo muy famoso, el Long Term Capital Management, que operaba con estas técnicas matemáticas, tuvo serias pérdidas y tuvo que ser rescatado. De ahí se podría haber deducido que la dificultad para conseguir un modelo matemático que refleje la complejidad de las interrelaciones económicas no permitía esta “vía científica” de la economía, pero en lugar de esto, se llegó a la conclusión de que había que perfeccionarla. He aquí donde surge la figura de David Li (originariamente, Xiang Lin Li), matemático chino estudioso del síndrome del corazón roto en los seguros, que quiso aplicar sus conocimientos en la predicción de los riesgos económicos para conocer, por ejemplo, en qué medida la quiebra de una empresa afecta a la probabilidad de otras de no poder hacer frente a sus pagos. En el año 2003, el estudio de Li ya era célebre en Wall Street, y el propio matemático era jefe de investigación de derivados financieros de Citigroup. Hizo una presentación ante cientos de colegas, y su análisis se vio como la panacea: ya no habría riesgos, mediante modelos matemáticos se podían estimar las probabilidades, y se podían empaquetar títulos y venderlos, confeccionando los paquetes de manera que teóricamente se minimizaba el riesgo. Pero la cosa fue a peor, ya que las principales agencias de calificación de riesgo, Moody’s y Standard & Poors, que deberían ser independientes, adoptaron como bueno este modelo, de manera que paquetes de hipotecas subprime o de alto riesgo fueron vendidas como buenas, porque según este modelo matemático el riesgo de impago global era bajo. Es decir, que a esas alturas ningún banco sabía ya si las hipotecas que compraba en el mercado eran buenas o no, porque las propias agencias de calificación seguían este modelo matemático. El final de la historia es bien conocido. Con la crisis, los ninjas de Leopoldo Abadía dejaron de pagar sus hipotecas en masa. A pesar de que según el modelo matemático no había correlación entre el impago de John y el de Bob, con la crisis tanto uno como otro dejaron de hacerlo, y el castillo de naipes se vino abajo. Para más inri, el modelo había sido desarrollado en los años noventa, y con la burbuja especulativa, el mercado inmobiliario tenía un valor muy superior al real, con lo cual las pérdidas que tuvieron que asumir los Bancos fueron mucho mayores. Y en éstas estamos todavía, porque aún hoy en día no se sabe exactamente cuál es la situación real de las entidades financieras.
Artículos relacionados:
|